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Julian Barnes:
La muerte sigue
siendo un tabú

Mientras en Gran Bretaña acaba de aparecer Arthur & George, su
novela con Arthur Conan
Doyle como protagonista, aquí recién llegó la versión en español de
La mesa limón, un libro de
relatos donde Julian Barnes ofrece una visión amarga de la vejez. Un
tema que siempre lo
obsesionó y sobre el que el gran narrador británico reflexiona en
esta entrevista.
Lourdes Gomez
Acaban
de cumplirse veinte años desde la publicación en inglés de El loro
de Flaubert y su autor, Julian Barnes, sigue, a sus 59 años, al
frente de la generación de novelistas británicos más relevante de
los últimos tiempos. En Gran Bretaña publicó recientemente una nueva
novela, Arthur & George, donde entrecruza un caso real de injusticia
penal con cierta aventura de amor extramarital por parte de Arthur
Conan Doyle, el creador del detective Sherlock Holmes. Es quizás su
proyecto más ambicioso hasta la fecha y la razón que lo mantuvo
durante un largo encierro voluntario en su cómoda residencia del
norte de Londres. En una de sus primeras salidas del refugio casero,
Barnes presentó la edición en español de su colección de cuentos, La
mesa limón. Todos los relatos de este nuevo libro, que acaba de
editarse en la Argentina, giran en torno a la vejez y la proximidad
de la muerte, temas que rondan desde la niñez en la mente del
novelista.
-
—¿Qué reflexiones extrae a veinte años de haber publicado "El loro
de Flaubert"?
- —Es
extraño porque no siento que haya pasado tanto tiempo. También es
agradable comprobar que la obra sigue vigente, vendiendo ejemplares
regularmente a toda una nueva generación de lectores. Es muy
alentador. Estoy orgulloso de todas mis obras, pero guardo especial
cariño por El loro de Flaubert. Mis dos primeras novelas —Metrolandia
y Antes de conocernos— eran bastante convencionales, y con la
tercera quise alterar la forma. Sorprendentemente, la gente lo
apreció. Me dio mucha confianza para hacer las cosas de una forma
distinta. Todo lo relacionado con El loro de Flaubert ha sido puro
placer.
-
—¿La cercanía de su 60 cumpleaños la llevó a meditar sobre la vejez?
-
—Llevo pensando en la muerte desde los 12 años. Entonces había tres
temas sobre los que no se hablaba en la sociedad de mi entorno, esto
es, la clase media inglesa: sexo, muerte y política. Ahora todo el
mundo habla de sexo y política, pero la muerte sigue siendo tabú.
Nunca hablo con mis amigos de la muerte, salvo en aisladas
referencias de carácter religioso. Me sorprende. Mis amigos son
ateos o agnósticos, pero no discutimos de la dificultad que conlleva
el morir, de la pena o el dolor que supone desaparecer de la
existencia.
-
—¿Mantiene un diálogo sobre la muerte consigo mismo?
- —Sí,
y no he alcanzado ninguna conclusión ni he descubierto nada
interesante. Pero el control de este diálogo no está en mi poder.
Forma parte de mi temperamento y mi naturaleza. Quizá debería ir al
psiquiatra.
-
—¿Qué le preocupa más, envejecer o morir?
- —La
mayoría transfiere el miedo a la muerte al temor a envejecer. A mí
no me importa hacerme viejo siempre que no muera al final del
proceso. La vejez es otro de los miedos de la sociedad moderna. Se
ha alargado la esperanza de vida, pero las enfermedades geriátricas
son aterradoras: la noción de perder la capacidad mental, de tener
un final tremendamente indigno, de que te mantengan vivo cuando
deseas morir.
-
—Los personajes de "La mesa limón" se resienten de muchos aspectos
de sus vidas. ¿La vejez implica insatisfacción?
- —A
medida que envejecemos el contraste entre lo que creímos que
sucedería en nuestras vidas y lo que realmente pasó se agudiza y
tenemos, por tanto, una mayor capacidad para el arrepentimiento, el
remordimiento y la culpabilidad. Nos damos cuenta de que es
imposible retornar al punto en donde el camino se bifurcó y avanzar
en la dirección opuesta a la que antes tomamos. La sociedad nos
presenta, además, una ilusión de la vida humana como algo que cada
uno puede crear personalmente, que está bajo nuestro propio control,
y que seremos recompensados si nos comportamos de cierta forma. Esto
es una mentirijilla. Pero nos apercibimos de ello demasiado tarde.
Esta es mi perspectiva pesimista de la vida.
-
—No es la única idea que cuestiona sobre la vejez.
- —Es
un libro en contra de la idea de serenidad en la vejez. De jóvenes
nos dicen que todo se ralentiza en la vejez. Que el declive del
cuerpo, corazón y espíritu marcha al mismo ritmo acompasado. La
sociedad se avergüenza y no acepta la idea de que el corazón de los
mayores puede no discurrir en paralelo al estado físico de sus
cuerpos. Yo no creo que nos volvamos más serenos en la vejez, ni
tampoco he visto pruebas al respecto. Por eso abordo el tema sin
sentimentalismos en esta colección de cuentos.
-
—¿Cómo se imagina con 80 años?
- —No
espero tener el ánimo sereno ni ser más alegre. Es probable que sea
más gruñón, pero ejerzo demasiado autocontrol sobre mi carácter como
para comportarme como alguno de los personajes del libro. Confío
internamente en seguir teniendo emociones fuertes y no sentirme
avergonzado de ellas.
-
—¿Basa los relatos en personas tan reales como los artistas que en
ellos menciona?
- —No
tiendo a descubrir historias en cosas personalmente cercanas. La
proximidad no me ayuda en el trabajo. Prefiero arrancar con algo que
alguien me ha comentado acerca de una tercera persona. A partir de
un pequeño detalle, decido qué personajes necesito y hacia dónde se
va a dirigir la historia. Con Arthur & George, en la que me adentro
en la vida privada de Conan Doyle, he comprobado que es más fácil
controlar un personaje ficticio que uno real. Al inventar un
personaje, lo construyes de acuerdo con el propósito que tiene en el
libro. No puedes moldear a una persona real, ni conducirla de aquí
para allá, porque tiene su propia vida. En estos casos, por ejemplo
en El reestreno, donde evoco el último amor de Turguéniev, me meto
en un área de la vida del autor de la que nunca se ha hablado. Eso
es lo que quieres hacer, adentrarte en zonas que no están cubiertas
por el conocimiento previo.
-
-¿Es como caminar en el borde entre la ficción y la realidad?
- —Sí,
pero en mi mente ambas están muy próximas. La ficción es una forma
de contar la verdad. Por eso soy un escritor de ficción. Porque
estoy convencido de que la novela descubre más verdades que los
ensayos, documentales de televisión y todo tipo de trabajos basados
en hechos.
-
—¿Alcanzar la verdad es su objetivo como autor?
- —Por
supuesto. Todos lo intentamos aunque no siempre lo conseguimos. A
veces descubrimos una verdad que creemos original y novedosa, pero
luego comprobamos que alguien ha llegado a una conclusión similar
500 años atrás. Al leer Don Quijote te das cuenta, por ejemplo, de
que el modernismo en la novela, el realismo mágico, está plenamente
ahí, en Cervantes. La novela no avanza en una línea recta,
progresando y mejorando. Es más bien como un enorme círculo en el
que nos miramos los unos a los otros.
- —Flaubert,
Turguéniev, Conan Doyle... ¿Le atrae el diálogo ficticio con otros
autores?
- —Sí,
y, además, en contra de mi voluntad. Me sorprende a mí mismo.
Flaubert es un gran héroe y obviamente iba algún día a escribir
sobre él. Pero nunca pensé que Arthur Conan Doyle terminaría siendo
coprotagonista en una obra mía. Me dio vergüenza al principio y, de
haberse tratado de Kipling o Thomas Hardy, me hubiera parecido
inicialmente más interesante. Les admiro más. Pero Conan Doyle está
implicado en la historia que yo quería contar. Escribió un panfleto
sobre el caso y lo menciona en su autobiografía. En realidad lo que
me interesó fue la historia, que ha quedado completamente olvidada y
sobre la que hay muy poca documentación. Los libros nunca dejan de
sorprenderte. Surgen de los sitios menos esperados.
-
—¿Por eso firma con el seudónimo Pat Kavanagh sus novelas
policíacas?
-
—Hace cerca de veinte años que escribí la última. Fue al principio
de mi carrera y estaba probando diferentes estilos y géneros. Me
llevó siete años escribir mi primera novela como Julian Barnes,
Metrolandia; terminé la primera de detectives, Duffy, en diez días.
La gente diferencia la narrativa popular de la literaria, y supongo
que yo también lo hice inicialmente. Pero mi ficción literaria
vendía mejor que mi ficción detectivesca. Así que dejé de
escribirlas.
-
—¿Cuál es la trama de "Arthur & George"?
- —La
novela traza un paralelismo entre un caso público, que sucedió en
Inglaterra entre 1905 y 1907, sobre una persona erróneamente
condenada a tres años de cárcel, con una fase de dificultades
domésticas de Conan Doyle. Su esposa había contraído tuberculosis, y
él le era leal, pero en cierto momento se enamoró catastróficamente
de otra mujer. Mi interés como novelista es llevar la cuestión de
inocencia y culpabilidad desde la escena pública a la vida privada.
-
—¿Se trata de una novela histórica?
- —No
realmente. Nunca he escrito una novela histórica en su sentido
formal. Los detalles históricos son muy ligeros y, en cambio,
contiene elementos muy relevantes para la sociedad contemporánea.
Trazo muchos paralelismos con lo que sucede hoy en nuestro entorno.
-
—Arte y vida, trabajo y familia. ¿Están en conflicto para usted?
- —Hay
una frase famosa del poeta irlandés W. B. Yeats sobre la "lucha
entre la perfección de la vida y del arte". Una falsedad en mi
opinión. Uno intenta hacerlo lo mejor posible en ambos aspectos y, a
medida que madura, acusa diferentes presiones como autor y como ser
humano. En mi caso, las presiones son externas, relacionadas en
general con la promoción de libros. Son tareas que no ayudan a
mejorar como autor. Mi mujer es agente literaria y, por tanto,
entiende a los escritores. No tengo hijos, lo cual es una gran
diferencia. Para las mujeres en particular, los niños son un
enemigo, un peligro para el arte.
-
—¿Tiene ganas de retomar proyectos adicionales, como sus libros de
cocina?
- —Es
posible. De recetas ya he dicho todo lo que quería decir. Tal vez
escriba ahora sobre comida en la literatura, de cómo tratan los
autores los alimentos. Serán piezas concretas y quizá base una de
ellas en don Quijote. Cervantes habla mucho de comida en el Quijote
y escribe una de las primeras historias de degustación de vino. La
cuenta en voz de Sancho Panza principalmente y es una historia
maravillosa.
Barnes básico
A
poco de cumplir los 60, Barnes confiesa que piensa en la muerte
desde los 12 años. "La vejez es otro de los miedos de la sociedad
moderna", dice.
Leicester, 1946. Escritor
Está
considerado como una de las mayores revelaciones de la narrativa
inglesa de las últimas décadas. Después de estudiar en la
Universidad de Oxford se dedicó al periodismo. Publicó su primera
novela, "Metrolandia", en 1980, con la que ganó el Premio Somerset
Maugham. Dos años más tarde le siguió "Antes de conocernos"
(1982), y terminó por consolidar su prestigio de narrador con "El
loro de Flaubert" (1984), el primer libro escrito por un autor
inglés que ganaba el prestigioso Premio Médicis, de Francia. Su
mayor éxito y popularidad lo obtuvo con "Una historia del mundo en
diez capítulos y medio" (1989), donde se suceden relatos cortos
con un virtuosismo eficaz y sorprendente. Su más reciente novela,
"Arthur & George", estuvo nominada este año al Premio Booker.
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Fonte:
(c) Babelia y Clarín.
Publicado por
Licenciatura en Gerontología el día 3/12/2005.
http://weblog.maimonides.edu/gerontologia/archives/002226.html#more
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